Danza: del tutú a la toga

Con mi toga y mis tacones

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A lo largo de estos más de dos años de estrenos en nuestro gran teatro de la Justicia, hemos visto de todo. Desde las estrellas más rutilantes hasta el último y más olvidado figurante, desde el director al tramoyista, han ido desfilando por nuestras tablas, y también sus sentimientos, sus problemas y sus alegrías. Y seguirán haciéndolo, que aun queda mucha tela por cortar y esta modista tiene hilo y aguja de sobra mientras siga habiendo espectadores.

Pero, a pesar de la debilidad de esta humilde directora de pista por la danza, aún no había dedicado función alguna a la misma. O quizás por eso. Y el acompañamiento de baile es lo que da sentido a muchas obras, cuando no se convierte por sí misma en el tema de la trama. Las zapatillas rojas, El Cisne Negro, Billy Elliot, El último bailarín de Mao, Flashdance

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Puertas adentro: la intrahistoria

Con mi toga y mis tacones

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Es evidente que el teatro, como espectáculo que es, vive de puertas para adentro. De lo que ve el público, lo que desarrolla en el escenario ante nuestros ojos. Fuera quedan lo que ocurre entre bambalinas y más allá, en las vidas de todos los que lo conforman y que nadie puede ver ni mucho menos sentir, por más que siempre haya algún Objetivo indiscreto –o no tanto- que pretenda hacernos creer que nos descubre sus vidas y sus almas. Lo que el ojo no ve es esa parte a la que nunca tendremos acceso. Como las propias vidas de los actores, muchas veces prefabricadas para dar una imagen que nada tiene que ver con la realidad. Como aquel Rock Hudson que nos vendían como prototipo de determinados clichés hasta que su forzosa salida del armario por culpa de una enfermedad maldita nos estalló en la cara. Gigante

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Luz: que no se apague

Originalmente publicado en Con mi toga y mis tacones:
? ¿Qué seria del teatro sin luz? Sin una iluminación que centrara la atención en el momento exacto, en el protagonista adecuado, sin los matices que dan el ambiente justo en cada momento, las obras perderían gran parte de su esencia. Imposible concebir Los Otros sin…

Concordancias: encajar las piezas

Con mi toga y mis tacones

concordancias

A veces unas cosas no se entienden si no es con relación a otras. Quien nos habla lo hace con la certeza o el convencimiento de que compartimos ciertas cosas, y si ese conocimiento previo falla, nos perdemos parte de la historia o hasta la historia entera. Y nos quedamos con cara de tontos. Imaginemos qué pasaría si ignoráramos las referencias que se hacen a otras películas en Schreck, en Scarie Movie –o su versión patria Spanish Movie– o hasta en muchos capítulos de Los Simpson. Pues la cosa perdería su gracia.

Y algo más que gracia perdería si careciésemos de unas referencias culturales comunes. Pocas cosas tendrían sentido si no supiéramos de qué nos están hablando de El Quijote, La Armada Invencible o el Holocausto, por poner un ejemplo. Y no nos llegaría tan hondo El Niño con el Pijama de Rayas

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¿El escaño de Rita?

El derecho y el revés

En un comunicado público, con membrete del Partido Popular Oficina de Información (sic), la señora Rita Barberá,  senadora por designación de las Corts Valencianes, manifiesta  su “voluntad de NO DIMITIR –en mayúsculas viene el original- del Senado y de permanecer en él…” En las informaciones sobre esta situación, los medios de comunicación cuentan que la senadora justificó su negativa a una supuesta petición de la dirección de su partido diciendo “es mi escaño”.

Si es así, nos encontraríamos ante un ejemplo palmario –aunque ni es el primero ni será, con probabilidad, el último- de concepción “patrimonial” del cargo representativo –“el escaño es mío”- y no, como tendría que entenderse en un sistema democrático-representativo, en un sentido funcional: quien ejerce el cargo en el Congreso o el Senado lo hace para permitir la expresión de una concreta representatividad, que se configura en las urnas o –caso Rita Barberá- mediante una…

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Milagros: ¿a Lourdes?

Con mi toga y mis tacones

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Todos hemos oído alguna vez eso de “milagros, a Lourdes” . Afirmaciones tajantes como “no creo en los milagros” se oyen cada dos por tres, pero cada dos por tres también imploramos en busca de un milagro para logar esto o aquello o desfacer un entuerto. Algunas artistas de antes, las folklóricas de toda la vida, tenían hasta una capillita con sus estampitas para encomendarse a santos o vírgenes en cada función o cada estreno. Aunque mi preferida, de todas todas, es Nuestra Señora del Abrigo de Pana a la que se encomendaba Lina Morgan en Vaya par de gemelas mientras ponía en blanco los ojos y hacía un cruce de piernas imposible.

Y es que todos hemos vivido alguna situación en que hayamos implorado un milagro. Seamos creyentes o no, que eso es lo de menos, que siempre viene a cuento eso de acordarse de Santa Bárbara cuando…

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Alimentándonos de orgullo

El blog de José Muelas

Hay cosas que se hacen por dinero y hay cosas que se hacen por orgullo. Hay quien, por ejemplo, defiende a los pobres por orgullo y hay quien -también por ejemplo- ejerce la política por dinero. Son formas muy diferentes de entender la vida, son formas muy diferentes de entender sus oficios.

Ya he contado alguna vez que con la palabra oficio (officium) no se designaba en latín ningún tipo de trabajo, sino que con ella se hacía referencia a un deber moral para con el resto de los ciudadanos, un deber que en la antigua Roma se ejercía con liberalidad (gratuitamente) y de buena fe. Similar en su naturaleza a los servicios religiosos (que todavía hoy se llaman oficios) los servicios jurídicos se prestaban ex officio a impulsos de ese deber cívico y sin salario alguno a cambio. En la antigua Roma, pues, los ingresos de los…

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