Normalizar: querido señor Relator

Con mi toga y mis tacones

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A veces, ser normal es lo menos normal del mundo. En el mundo del espectáculo, poblado de gente que daría ambos brazos y ambas piernas por llamar la atención, lo ordinario es lo extraordinario, y viceversa. Hay estrellas rutilantes que se matan por ser Gente corriente y pasar desapercibidas por la calle, y aspirantes que no llamarían la atención ni aunque se pusieran un cartel luminoso en la cara.

En nuestro teatro somos mucho más normales de lo que la gente piensa. O, al menos, deberíamos serlo. Atrás quedaron los tiempos de torres de marfil y de sentirse semidioses intocables en un universo de cortinajes de terciopelo rojo al que solo se podía acceder con la venia. Ya hace tiempo que debemos haber asumido que servir a la justicia es una de las maneras de cumplir con un servicio público y no un sacerdocio sacrosanto.

Eso es, al menos, lo…

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