Admiración: lo que nunca decimos

Con mi toga y mis tacones

Los seres humanos somos los seres más protestontes que hay. Nos gusta tanto quejarnos que olvidamos eso que dice el refrán castizo: una de cal y otra de arena. El cine reproduce Mis quejas hacia Dios, hacia los hombre y hacia quien sea y pocas veces somos capaces de hacer públicos los Aplausos.

En nuestro teatro reproducimos este comportamiento como nadie. Nos quejamos del contrario, de compañeros y compañeras, de funcionarios y de quien se presente cuando mete la pata –o cuando creemos que la ha metido- pero pocas veces nos detenemos a agradecer una buena atención, un buen trabajo o un esfuerzo. Y no debería ser así.

Por eso hoy estoy dispuesta a remediar ese error y, aprovechando un caso mediático y un trabajo ejemplar, voy a manifestar abiertamente mi admiración a quien la merece. A pesar de que sé de buenísima tinta que le…

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